viernes, 31 de agosto de 2012

AL FINAL DEL PRIMER AÑO GRACIAS


Al final del primer año
GRACIAS

Hace ya un año, como jóvenes universitarios católicos, decidimos congregarnos y trabajar por la evangelización del ámbito universitario, convencidos de que no hay mejor bien que trasmitir a los demás la plenitud y el gozo que se viven cuando se está con Cristo. Sabíamos que no sería una tarea sencilla, la constante –y a veces agresiva- secularización, el creciente relativismo y el progresivo desdén al horizonte trascendente de la realidad, han hecho que muchos –en la universidad o fuera de ella- adoptemos  inconscientemente una actitud de silencio, llevándosenos a guardar en secreto nuestras convicciones, a dejar de lado el esfuerzo por vivir cotidiana y públicamente conforme a ellas, o incluso a sentirnos avergonzados por seguir a Cristo. Sin embargo, confiando en las palabras de su Santidad Benedicto XVI: “(…) hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”[1], quisimos dar inicio a esta aventura, compartiendo con los demás la alegría y necesidad de responder a estos nuevos desafíos que se presentan en el mundo contemporáneo, en el caso concreto de nuestra casa de estudios: el ser una universidad católica.

El nombre de la agrupación se tomó no solo en reconocimiento al aporte intelectual y material que Don José de la Riva Agüero otorgó a la universidad y al Perú, sino también a su sincero anhelo –fruto de su conversión- de contribuir a una producción académica interdisciplinaria iluminada por el humanismo cristiano. Por su parte, nuestra actual atención en torno a la situación de la universidad responde al aprecio que le tenemos, a la preocupación por su deterioro institucional y al deseo de recuperar la misión por la cual fue fundada en 1917. Una universidad así, lejos de empobrecer el pensamiento o encasillar la libertad, potencia el diálogo entre la fe y la razón, fortalece el espíritu de la juventud, aporta cambios positivos a la sociedad y sobretodo acoge siempre con respeto a cada uno de sus alumnos, docentes y trabajadores. Una universidad así, está llamada a ser «una presencia, por así decir, pública, continua y universal del pensamiento cristiano en todo esfuerzo tendiente a promover la cultura superior y, también, a formar a todos los estudiantes de manera que lleguen a ser hombres insignes por el saber, preparados para desempeñar funciones de responsabilidad en la sociedad y a testimoniar su fe ante el mundo»[2].

Habiendo transcurrido un año, queremos agradecer profundamente a los miembros de nuestro Consejo Consultivo, por acompañarnos con su experiencia y esperanza en esta iniciativa; a cada uno de los que pública o privadamente nos ha dado su apoyo, por confiarnos sus esfuerzos y alentarnos a continuar; a nuestros colaboradores, por su dedicación, compromiso y buena voluntad; a la comunidad universitaria, porque en general ha recibido con buenos ojos esta honesta labor que realizamos, porque muchos de ellos nos han hecho llegar los ánimos correspondientes para recuperar la identidad institucional de la misma; y finalmente a Dios, por ser quien con su amor y gracia mueve el trabajo que se ha hecho hasta ahora y que nos comprometemos a continuar gratuitamente.

Siendo hoy día de Santa Rosa de Lima, patrona del Perú, América y Filipinas, así como también patrona de nuestra universidad, acudimos a su intercesión, para que junto a la de Santa María permitan el camino a la reconciliación de nuestra casa de estudios, haciéndosenos posible experimentar aquello que es propio de la vida universitaria: “la ardiente búsqueda de la verdad y su transmisión desinteresada a los jóvenes y a todos aquellos que aprenden a razonar con rigor, para obrar con rectitud y para servir mejor a la sociedad[3].


Lima, 30 de agosto de 2012


Agrupación Universitaria Riva-Agüero



[1] Su Santidad Benedicto XVI. Homilía de la Santa Misa: Imposición del Palio y entrega del Anillo del pescador, en el solemne inicio del Ministerio Cetrino del Obispo de Roma. Plaza de San Pedro - Roma, Domingo 24 de abril de 2005.
[2] CONCILIO VATICANO II, Declaración sobre la Educación Católica Gravissimum educationis, n. 10: AAS 58 (1966), p. 737.
[3] Su Santidad Juan Pablo II. Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, Roma, 1991, párr. 2.

martes, 21 de agosto de 2012

¿Es tan difícil ser fieles y leales a los principios fundacionales de la Universidad Católica?

Ante algunas publicaciones en los medios de comunicación y en el semanario institucional de la ex Pontificia Universidad Católica del Perú (ex PUCP), compartimos el artículo de un colaborador de nuestra Comisión de Investigaciones.


¿Es tan difícil ser fieles y leales a los principios fundacionales de la Universidad Católica?

CONVENTIO
INTER APOSTOLICAM SEDEM ET PERUVIANAM REMPUBLICAM
Art. I: La Iglesia Católica en el Perú goza de plena independencia y autonomía...
Art. XIX: La Iglesia tiene plena libertad para establecer centros educacionales de todo nivel, de conformidad con la legislación nacional, en el ámbito de la educación particular

La periodista Rosa María Palacios hace mención en su reciente artículo del seis de Agosto del presente año (y reproducidos ayer en el semanario institucional de la ex Pontificia Universidad Católica del Perú -ex PUCP-) al Acuerdo entre la Santa Sede y la República del Perú, señalando que la Iglesia al firmarlo, y sin objetar nada de lo que ahí se menciona, habría quedado completamente subordinada en materia de Educación a lo dispuesto por la legislación nacional. Frente a ello, es necesario recordar dos puntos importantes recogidos en dicho Acuerdo: 1) el reconocimiento de la plena independencia y autonomía de la Iglesia Católica en el Perú y 2) la aceptación de  la plena libertad que esta posee para establecer centros educacionales de todo nivel, de conformidad con la legislación nacional.

Aparecida aquí
Según Rosa María Palacios, la frase “de conformidad con la legislación nacional” significa “sometimiento  a la legislación nacional”. Sin embargo, el término en cuestión es más amplio y no se reduce simplemente a lo señalado en la columna de opinión. Si de acuerdo al artículo 31 de la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados (1969), todo “tratado deberá interpretarse de buena fe conforme al sentido corriente que haya de atribuirse a los términos del tratado en el contexto de estos y teniendo en cuenta su objeto y fin” (destacado nuestro), hemos de entender que la frase “de conformidad” hace referencia a la igualdad, a la correspondencia de una cosa con otra, finalmente, a la simetría y debida proporción entre las partes. De esta forma se entendió en su momento y así se entiende ahora. Si no fuese así, ¿cómo se explica que en el Perú existan  otras ocho universidades Católicas que mantienen un pleno y fiel acatamiento a las disposiciones dadas por la Santa Sede? La respuesta es sencilla: el Tratado no excluye a la normatividad canónica en temas de competencia que posee la Iglesia Católica, sino que reconociéndola establece además que en materia educativa exista una conformidad con la legislación nacional. En este sentido, se prevé que de manera conjunta y coordinada la Iglesia establezca formas y modelos educativos como Colegios Parroquiales, Institutos y Universidades Católicas.

Aparecida aquí
Si el Estado peruano hubiese querido establecer una subordinación absoluta y exclusiva a la ley nacional, lo habría señalado claramente, sin embargo, indicó que en materia educativa los centros se rigen de “conformidad” a la legislación peruana, pues ese término hace alusión a la simetría que ha de existir entre las dos partes. De no ser así, ya se habría manifestado contra el reciente Decreto N° 3168/12/RS emitido el 11 julio del año en curso por la Secretaría de Estado Vaticano, que además de retirar lo títulos “Pontificia” y ”Católica” de la denominación oficial de la universidad, expresa sin lugar a dudas que “el cumplimiento de la legislación canónica es compatible con la legislación peruana en la materia, en el marco de los artículo I y XIX del Acuerdo celebrado entre la Santa Sede y la República del Perú”, concluyendo así que “la citada Universidad, como persona jurídica pública que es de la Iglesia, sigue sometida a la legislación canónica en las materias en que está actualmente vinculada”. En resumen, no es correcto afirmar que mediante dicho tratado se renuncia a la aplicación del derecho canónico en materia educativa, ¿no sería, además, un sinsentido acordar que la Iglesia tiene plena libertad para establecer centros educacionales de todo nivel, pero que no puede dirigirlos?


Art. 169 “El Rector y el Pro-Rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú, serán nombrados de acuerdo a lo que prescribe su respectivo Reglamento” (Decreto-Ley N° 17437).

Si bien es cierto que al momento de celebrarse el Acuerdo entre la Santa Sede y el Estado Peruano regía el Decreto-Ley 17437, el cual establecía que el órgano máximo de gobierno de las Universidades era la Asamblea Universitaria, también es cierto que en dicho Decreto-Ley se disponía de manera categórica -y no discrecional u opcional como nos han hecho creer-, que tanto el Rector como el Pro-Rector de la PUCP debían ser nombrados como prescribe su respectivo Reglamento. El reglamento vigente al momento de darse el mencionado Decreto-Ley era el Estatuto de 1967, el cual se encontraba debidamente aprobado por la Santa Sede.

En dicho Estatuto se señalaba de manera clara que el Rector era elegido por la Santa Sede a partir de una terna propuesta por el Consejo de Gobierno (art. 9°). Este último, era un órgano conformado por el Gran Canciller (Arzobispo de Lima) -quien lo presidía-, seis prelados elegidos en la Conferencia Episcopal, el Rector de la Universidad, el Pro-rector, el vice-rector Administrativo y dos miembros propuestos respectivamente por el Consejo Superior y el Consejo de Administración (art. 6°). Surge entonces una pregunta: ¿por qué la Iglesia tenía tanta participación y miembros en el consejo de Gobierno de la Universidad? La respuesta es contundente y se encuentra en el artículo sexto del Estatuto de la época: porque “el gobierno supremo de la Universidad compete al Episcopado del Perú y a la Santa Sede.

Aparecido aquí

La historia post Decreto-Ley 17437 es bastante conocida. El Rector de aquella época, el P. Felipe Estanislao Mac Gregor Rolino SJ, una vez promulgada la nueva Ley Universitaria, escribe una carta al Eminentísimo Gran Canciller de la Universidad, el Cardenal Juan Landázuri Ricketts, en la que señala lo siguiente:

“… la ley 17437 recientemente promulgada ha producido un profundo cambio en la estructura universitaria del país. Aún es debatible hasta dónde alcanza o no alcanza a la universidad. Mientras el asunto se esclarezca he nombrado una comisión reorganizadora compuesta como detalla la resolución rectoral que le adjunto… Sepa Usted Eminentísimo Gran Canciller que la voluntad de la Universidad que reitero ante vuestra Eminencia es que el lazo vital que une a la Universidad Católica con la Iglesia no se rompa. Podrán variar las formas pero nuestra decisión es inquebrantable y quiero así expresarlo a Ud. Sr. Gran Canciller de la Universidad”.

¿Qué sucedió luego? La  Universidad estableció un nuevo Estatuto en el que se recortó de manera sustancial la participación que la Iglesia tenía en su gobierno supremo. Tales atribuciones eran inherentes a la génesis e identidad misma de la Universidad, como bien quedó reflejado en la Carta Orgánica de la Universidad Católica de 1917, y fueron ampliándose con aprobación del mismísimo P. Jorge Dintilhac en 1942, cuando la Universidad Católica fue elevada a la categoría de Pontificia.

En este sentido, Rosa María Palacios hace bien en dejar abierta la posibilidad de expoliación de los derechos de la Iglesia a la participación en el  gobierno supremo de la Universidad. Quien haga un estudio serio, honesto y responsable de la vida de la Universidad Católica a través de sus Estatutos caerá en cuenta que a la Iglesia le recortaron sustancialmente sus atribuciones reduciéndolas a su mínima expresión.

Cabe señalar, por otro lado, que ya en los estatutos de 1967 se señalaba claramente que el Consejo de Gobierno debía velar por el cumplimiento de las normas canónicas que rigen la vida de la Universidad, interpretar el Estatuto y proponer a la Santa Sede las eventuales reformas para su aprobación. Esto es así porque la Universidad se regía por su propio Estatuto, en conformidad con las leyes peruanas y las leyes de la Iglesia, con absoluto acatamiento a la Santa Sede de la cual depende. Si la universidad, como se ha dicho, no es de la Iglesia, ¿qué urgencia y necesidad existe en sus autoridades de obtener la aprobación estatutaria de la Santa Sede? La respuesta, una vez más, es sencilla: la universidad es de la Iglesia y es vital señalar que dicha aprobación estatutaria no responde a un mero trámite formal para mantener “buenas relaciones” con la misma, sino que responde al espíritu de fidelidad propio de una Universidad Católica, así como a sus fines e identidad fundacional. Recordemos sino lo escrito en 1969 por el Rector de la PUCP, el P. Felipe Mac Gregor, en una carta enviada a los miembros del Consejo Nacional de la Universidad Peruana, en ella no deja dudas sobre la prevalencia de la presencia de la Iglesia en la vida institucional de la universidad:

En nuestro gobierno, señores, la Iglesia ha tenido una participación que la Universidad está decidida a mantener” (Lima, 21 de febrero 1969).

Meses más tarde, en un documento oficial de la Universidad, nuevamente expondría la situación de la casa de estudios:

“Fundada hace 52 años, la Universidad Católica se ha caracterizado por realizar su misión formativa y de investigación dentro de un medio determinado y con propiedades especificas, integradas en la dimensión cristiana que es su esencia. Es evidente, en este orden de ideas, que en la Universidad Católica la Iglesia debe tener asegurada una constante permanencia… Por su especial condición de universidad confesional (presencia obligatoria de la Iglesia Católica) y por su impecable ejecutoria docente a lo largo de 52 años se reclama para la Universidad Católica el mismo tratamiento que le dio la legislación anterior…”

Con la entrada en vigencia de la Ley Universitaria 23733, quedó establecido de manera clara en el Art. 5° que“…Las Universidades tienen los mismos derechos y obligaciones, con las peculiaridades establecidas por la ley y las propias de su condición jurídica.” Y ¿cuál es la condición jurídica propia de la Universidad Católica? La de ser persona de derecho eclesiástico. Así lo señalan sus actuales Estatutos:

La Pontificia Universidad Católica del Perú es también persona de derecho eclesiástico, erigida canónicamente por el Santo Padre Pío XII, mediante rescripto de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades del treinta de setiembre de mil novecientos cuarenta y dos. La erección canónica, con los privilegios y las obligaciones que entraña, ha sido reconocida por la Santa Sede y la Universidad mediante actos diversos tales como el nombramiento por la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades de los Rectores que iniciaron sus mandatos en 1947; 1952; 1958; 1962 y 1968…” (Estatutos PUCP 2011, Preámbulo Histórico)

En consecuencia, y recogiendo las palabras de nuestro fundador, con la erección canónica la Universidad Católica “se convierte en una entidad eclesiástica en el pleno sentido de la palabra, bajo el amparo y vigilancia de la Santa Sede y en el goce de los derechos y privilegios que ella concede a los altos centros de educación que erige” (P. Jorge Dintilhac SSCC, Memoria leída en la clausura del año universitario de 1942).

Finalmente, ante lo expuesto por la periodista, quien señala que todos los defensores de la posición del Arzobispado de Lima tienen como referencia los documentos hasta 1968, se ha de señalar que esto es así porque en el trienio de 1968-1970 está el quid del asunto y el origen de la paulatina separación entre la Universidad y la Santa Sede, como lo hemos presentado líneas arriba. Remontarse a documentos que datan de los inicios de la Universidad Católica resulta de singular importancia, pues con “todo testimonio que nos ayude a conocer y comprender nuestro pasado se fortalecerá nuestra identidad” (palabras del Dr. Lerner Febres Salomón en la presentación del libro “Documentos de identidad institucional” - 1997). Por tanto, lo que se busca es el fortalecimiento de nuestra identidad institucional, la cual esta íntima e indisolublemente unida a la Iglesia Católica, su Madre.

Comisión de Investigación  de la Agrupación Universitaria Riva Agüero/ Edu

lunes, 20 de agosto de 2012

Yo estoy con la barca de Pedro. Yo estoy con el Papa.


"Yo sigo a la Barca de Pedro. Yo sigo al Papa. Porque sigo a Cristo"



Compartimos el artículo de nuestro académico invitado. El Dr. José Antonio Benito Rodríguez es natural de Salamanca, España, y reside en el Perú desde 1995.

Cuenta con un Diplomado en Educación por la Universidad de Salamanca, Doctor en Historia de América por la Universidad de Valladolid. Asimismo, es miembro de la Asociación Española de Americanistas, de la sección de Historia del Instituto Riva-Agüero y de la Academia Peruana de Historia de la Iglesia. Actualmente, es Coordinados del área de Historia de la Universidad Católica Sedes Sapientiae.

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"Yo sigo a la Barca de Pedro. Yo sigo al Papa.
Porque sigo a Cristo"

El escudo o logotipo de nuestra casa de estudios representa una barca que navega sobre aguas turbulentas mirando a una estrella en forma de cruz. Su simbolismo es bien claro: La barca representa la Iglesia que sobre el mar, el mundo, es sacudida por las olas tempestuosas, es decir por las persecuciones y tentaciones. La "luz que brilla en las tinieblas" (San Juan 1,1-18) en una universidad significa el predominio de la sabiduría y del conocimiento sobre la ignorancia; pero siempre el fundamento es Cristo, Camino, Verdad y Vida, fundador de la Iglesia. Así lo afirma el evangelio:

“Jesús le dijo: ‘Bienaventurado eres Simón,.. Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mateo 16, 13-20)

La palabra "católica" significa "universal" en el sentido de "según la totalidad" o "según la integridad". Es católica porque Cristo está presente en ella y porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano.




La Iglesia es una casa espiritual hecha de piedras vivas, cuya clave es Jesucristo, rostro humano de Dios, rostro divino del hombre (1 Pedro 2:5, 6, Aparecida). Esta Iglesia, fundada por Cristo, se inició en Jerusalén el primer día de Pentecostés, a los 50 días de la resurrección de Cristo (Hechos 2) en el año 33. Después de esto, en toda ocasión en que las gentes escuchaban sobre Cristo, creían en El, se arrepentían de sus pecados, confesaban que el Cristo era el Hijo de Dios, y eran bautizados para la remisión de sus pecados, el Señor le añadía a su Iglesia. "Y el Señor añadía a la Iglesia cada día a los que iban siendo salvos" (Hechos 2:47).  Cristo dio las llaves a Pedro, su vicario, el Papa, con la precisa tarea de ser la guía en la profesión de fe en “Cristo, el Hijo del Dios vivo». El papa actual, Benedicto XVI, doctor honoris causa de la PUCP (21 julio 1986) aclara que tal función “no es una amenaza a la libertad de conciencia o de pensamiento… El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra (7 de Mayo, 2005). Después de 2000 años de historia son 265 los sucesores que garantizan esta cadena ininterrumpida de enseñar, gobernar, santificar a la Iglesia, “la Barca de Pedro”.

Uno de los primeros escritores eclesiásticos, Hermas, nos proporciona un bello texto sobre la Iglesia en el siglo II: “En la primera visión la vi muy anciana y sentada en un sillón... En la tercera visión la viste más  joven, hermosa y alegre, de un aspecto encantador” (El Pastor, 2). Ésta es la obra de Cristo,  la vida de una joven anciana o anciana que se rejuvenece.

A las puertas del 2000, su 264 sucesor, el Beato Juan Pablo II, escribió una carta -Tertio millennio adveniente (TMA)-  en la que nos resume la historia del Reino de Dios, encarnado en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios:

"La Iglesia perdura desde hace 2000 años. Como el evangélico grano de mostaza, ella crece hasta llegar a ser un gran árbol, capaz de cubrir con sus ramas la humanidad entera…Por esto, desde los tiempos apostólicos, continúa sin interrupción la misión de la Iglesia dentro de la universal familia humana. La primera evangelización se ocupó especialmente de la región del Mar Mediterráneo. A lo largo del primer milenio los misioneros partiendo de Roma y Constantinopla, llevaron el cristianismo al interior del continente europeo. Al mismo tiempo se dirigieron hacia el corazón de Asia, hasta la India y China. El final del siglo XV, junto con el descubrimiento de América, marcó el comienzo de la evangelización en este gran continente, en el sur y en el norte. Contemporáneamente, mientras las costas sudsaharianas de África acogían la luz de Cristo, san Francisco Javier, patrón de las misiones, llegó hasta el Japón. A caballo de los siglos XVIII y XIX, un laico, Andrés Kim llevó el cristianismo a Corea; en aquella época el anuncio evangélico alcanzó la Península Indochina, como también Australia y las islas del Pacífico. El siglo XIX registró una gran actividad misionera entre los pueblos de África. Todas estas obras han dado frutos que perduran hasta hoy. Todas estas obras han dado frutos que perduran hasta hoy. El Concilio Vaticano II da cuenta de ello en el Decreto Ad Gentes sobre la actividad misionera” (n. 57)

El fundador de la PUCP, P. Jorge Dintilhac, al contar en 1946 "Cómo nació y se desarrolló la Universidad Católica del Perú” constata lo que le movió a fundarla: “para el año 1916 parecía que la fe católica estuviera a punto de desaparecer de las altas esferas sociales e intelectuales de Lima y del Perú". Ello se daba a pesar de los numerosos colegios religiosos, cuyos alumnos "al poco tiempo de haber abandonado las aulas escolares se declaraban ateos". El P. Jorge no necesitaba más diagnóstico que el frecuente trato con los jóvenes y la profunda inserción mantenida con la realidad. La urgente necesidad sólo podía ser colmada con "un remedio puesto en práctica en muchos países": fundar una Universidad Católica "que reuniese un grupo de jóvenes en torno de sus cátedras y pudiera inculcarles la Verdad acerca de la Historia y de la Filosofía, de la Ciencia y del Arte". Tales jóvenes, "debidamente instruidos y formados en un ambiente de fe y de religión, no sólo podrían conservar sus creencias sino que también podrían convertirse en defensores, en apóstoles de la Religión en la sociedad, en su profesión, en todo el país".

En nuestro campus universitario, en el Auditorio Juan Pablo II, cerca del CAPU, figuran unas letras en bronce tomadas del Mensaje a los jóvenes del Concilio Vaticano II:

“Jóvenes, la Iglesia, durante cuatro años, ha trabajado para rejuvenecer su rostro, para responder mejor a los designios de su fundador, el gran viviente, Cristo, eternamente joven. Es para vosotros los jóvenes, sobre todo para vosotros, porque la Iglesia acaba de alumbrar en su Concilio una luz, luz que alumbrará el porvenir…Está preocupada, sobre todo, porque esa sociedad deje expandirse su tesoro antiguo y siempre nuevo: la fe…Sed generosos, puros, respetuosos, sinceros. Y edificad con entusiasmo un mundo mejor que el de vuestros mayores…La Iglesia os mira con confianza y amor. Rica en un largo pasado, siempre vivo en ella, y marchando hacia la perfección humana en el tiempo y hacia los objetivos últimos de la historia y de la vida, es la verdadera juventud del mundo. Posee lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas. Miradla y veréis en ella el rostro de Cristo, el héroe verdadero, humilde y sabio, el Profeta de la verdad y del amor, el compañero y amigo de los jóvenes” (7 de diciembre de 1965).

En este momento, las aguas de la PUCP están en rugiente oleaje. La Iglesia, Madre y Maestra, la quiere como nació en 1917 y como ha venido siendo a lo largo de casi una centuria. Sin embargo, la ha invitado a conformar su ser y obrar con la legislación que le da cauce. Después de muchos dimes y diretes, encuentros y desencuentros ha emitido un definitivo decreto. "Roma locuta, causa finita". Si la PUCP quiere ser fiel a sus raíces, a su ADN, debe obedecer a la autoridad que la guía por el rumbo correcto. El deportista olímpico, el marinero, el enfermo obedecen al entrenador, al capitán de la nave o al médico de cabecera sin sentirse esclavizado ni disminuido. Lo mismo sucede con nuestros profesores, nuestros padres, nuestros pastores. La Iglesia –como escribió Juan XXIII es su memorable encíclica- es Madre y Maestra, gobierna y enseña. Pablo VI solía decir que era la barca de Pedro, una sólida roca, pero una roca que navega, marcando la verdad y certeza de su dogma, la fuerza viva de su moral, el dinamismo creativo de su pastoral, y el gozo de su liturgia.

La barca de Pedro está a punto –en octubre del 2012, 50 años del Vaticano II- de surcar el Año de la Fe. Curiosa o providencialmente su logo es muy parecido al de nuestra alma mater. Una barca, imagen de la Iglesia, cuyo mástil es una cruz con las velas desplegadas y el trigrama de Cristo (IHS). El sol, en el fondo, recuerda la Eucaristía.

Los dos logos nos ofrecen una barca, la Iglesia, en medio de problemas y tormentas. Los dos logos nos ofrecen soluciones: El primero la LUZ, el segundo un MÁSTIL. Los dos: la Cruz, Cristo Eucaristía. Un doble gozo por el legado recibido: 2000 años de historia de Iglesia haciendo el bien a la humanidad, 95 años siendo PUCP. ¡Seamos siempre de la Iglesia y de la PUCP! , siguiendo la barca de Pedro, navegando mar adentro, para seguir a Cristo: ¡Duc in altum!

José Antonio Benito Rodríguez

Yo estoy con la Barca de Pedro. Yo estoy con el Papa


miércoles, 15 de agosto de 2012

LA IDENTIDAD DE LA UNIVERSIDAD La Iglesia y la PUCP

Compartimos el artículo  del Dr. José Agustín de la Puente Candamo, presidente de nuestro Consejo Consultivo, publicado hoy en el El Comercio (Pág. A21)

LA IDENTIDAD DE LA UNIVERSIDAD
La Iglesia y la PUCP

Por: José Agustín de la Puente Candamo
Historiador


Ante el enfrentamiento entre las autoridades de la Universidad Católica y la Iglesia, y considerando que mi vida ha estado siempre ligada a esa casa de estudios, me veo en la obligación de no ocultar mi pensamiento. ¿Por qué la Iglesia participa en la vida y en las decisiones de esta universidad? Esta fue fundada por el padre Dintilhac con el fin de formar cristianamente a la juventud.

El arzobispo de Lima reconoció a la nueva institución y le concedió todo su apoyo. Recuerdo muy bien cómo, un domingo de setiembre de cada año, se realizaba en todas las Iglesias del Perú –no solo en Lima- una colecta entre los fieles para el sostenimiento de dicha universidad.

Puedo citar muchos otros hechos como este, que confirman cómo la Universidad Católica era y aparecía institucionalmente como parte de la Iglesia. No se entiende la historia ni la identidad de esta universidad sin la presencia fundacional y permanente de la Iglesia. Esta, pues, no puede violar la autonomía de esta universidad, porque no es una entidad ajena.

Nunca la Iglesia pretendió que esta universidad fuera un convento; sin embargo, tampoco es una institución laica. Tiene una confesión intelectual, que anuncia con su propio nombre. El título de “católica” no es un adorno del vocabulario, sino un compromiso intelectual y moral.

Lamento que hay miembros de la comunidad universitaria que estén planteando una ruptura con la Iglesia, lo cual generaría una institución distinta de la que se fundó en 1917. Esto implicaría desconocer una historia muy limpia de servicio a la Iglesia y al Perú, y en la cual participaron hombres de diversas generaciones y tendencias intelectuales, pero que reconocían el magisterio de la Iglesia. Una universidad católica no pretende imponer su pensamiento, sino proponerlo a los estudiantes.

Recuerdo que en 1942, a los 25 años de su fundación, el padre Dintilhac, en un acto solemne en el Teatro Municipal, con asistencia del presidente de la República, escuchó con gran emoción la lectura del documento papal por el cual Pío XII le concedía a nuestra universidad el título de “pontificia”. ¿Qué significa este título? Al igual que el de “católica”, tampoco es un adorno. Entraña obligaciones y derechos.

El hecho de ser “pontificia” y “católica” no limita a nuestra universidad en su calidad académica, y más bien le concede un espíritu de amplitud y de tolerancia, sin olvidar su raíz fundamental y su origen e historia como institución. Es más, hay universidades pontificias y católicas en América Latina que están mejor situadas que la nuestra en los registros internacionales, y que son fieles a la Santa Sede.

Con la única autoridad que me conceden mis 90 años de vida y mis 65 de docencia, no puedo callar, y por tanto debo manifestar que estoy asombrado y profundamente apenado por la actitud de rebeldía de las autoridades de la universidad al no aceptar las disposiciones de la Santa Sede; más que aun cuando estas no revelan una sorpresa, sino que son consecuencias de un planteamiento que Roma ha formulado desde la década de 1990: el acatamiento a la Constitución Apostólica “Ex Corde Ecclesiae”, que obliga a nuestra institución. Siempre he visto con la mayor complacencia el liderazgo de la Universidad Católica en la vida peruana. No destruyamos, por apasionamientos del momento, una trayectoria ejemplar y una fama bien ganada.

Miremos la “larga duración” y la posición rectora de esta universidad en la vida del país. Debemos dar un ejemplo de conducta y de coherencia. Yo sigo siendo parte activa de la universidad; sigo dando mis clases; el contacto con los jóvenes siempre me anima. Invoco al rector, a las autoridades y a los miembros de la Asamblea Universitaria –en cuyas manos están las decisiones- a reflexionar seriamente sobre la responsabilidad que enfrentan, ante la Iglesia y ante el país.

Publicado en el diario El Comercio p. A21
Miércoles, 15 de agosto de 2012

martes, 7 de agosto de 2012

Conferencia Episcopal Peruana sobre la Ex PUCP

A continuación, el comunicado emitido hoy por la Conferencia Episcopal Peruana

"Los Obispos del Perú, reunidos en Consejo Permanente, ante la decisión de Su Santidad Benedicto XVI, en torno a la delicada situación de la ex Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), manifestada a través del Eminentísimo Señor Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado, -como expresión de nuestra total fidelidad y adhesión al Santo Padre-, manifestamos lo siguiente:


1. Nuestra plena adhesión al comunicado emitido por el Excmo. Mons. Salvador Piñeiro García-Calderón, Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, el 24 de Julio del presente año. 



2. Rechazamos  las expresiones ofensivas, vertidas en medios de comunicación, tanto contra la persona del Emmo. Señor Cardenal Secretario de Estado,  cuanto a las mismas decisiones de la Santa Sede, hecho que se torna más lamentable cuando proviene de las autoridades que representan a dicha Universidad.



3. Manifestamos nuestro respaldo al Señor Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, Arzobispo Metropolitano de Lima, ante las infundadas acusaciones y agravios que ha recibido.



4. Valoramos la actitud de aquellos miembros de la Comunidad Universitaria que aspiran a mantener la identidad católica en la universidad.



5. Exhortamos a las autoridades de dicho centro de estudios universitarios, en especial a su Rector y a la Asamblea Universitaria, a que  acojan lo dispuesto por el Papa Benedicto XVI y adecuen sus Estatutos a la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae."


lunes, 6 de agosto de 2012

Ex Corde Ecclesiae


Compartimos un breve video sobre la Ex Corde Ecclesiae desde la Pontificia Universidad Católica de Chile.
"¿Qué sentido tiene nuestro quehacer? (…) Toda Universidad Católica debe ser una institución académica consagrada a la proclamación de la verdad, en la que el catolicismo está presente de manera vital (…) Esa es la misión a la cual nos llama Ex Corde Ecclesiae: contribuir a que el hombre de hoy se encuentre a sí mismo y pueda dar respuesta al llamado de Dios."


Identidad Católica

Breves palabras del Cardenal Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación para la Educación Católica, sobre las Universidad Católicas.

Sobre la ex Pontificia Universidad Católica del Perú (ex PUCP)